Mundial de fútbol y el país que se detiene.
Cada cuatro años, cuando comienza un Mundial de Fútbol, parece producirse un fenómeno que trasciende el deporte. En Argentina, los programas de noticias abandonan casi por completo su función informativa para transformarse en extensos programas deportivos. Ya no importa si juega o no la selección nacional. Los días previos se dedican a especular sobre la posible formación del equipo, las decisiones del director técnico, las lesiones, los supuestos conflictos entre jugadores, las opiniones de exfutbolistas, periodistas y celebridades, e incluso las historias personales de hinchas que gastan fortunas para viajar y asistir a un partido.
El resto de las noticias queda relegado a un segundo plano.
Las guerras, los conflictos internacionales, la economía, la inseguridad, la educación, la salud pública o las decisiones políticas parecen desaparecer de la agenda mediática. El país vive inmerso en una única noticia: el fútbol.
Pero el fenómeno no termina allí.
Cuando juega la selección argentina, toda la actividad nacional parece reorganizarse en función del horario del partido. Empresas modifican sus horarios, comercios cierran anticipadamente, hospitales reorganizan guardias, profesionales suspenden turnos y miles de personas dejan de trabajar para reunirse frente a un televisor.
Si Argentina gana, la jornada laboral difícilmente vuelva a la normalidad. Llegan los festejos, las caravanas, los cortes de calles y, lamentablemente, en muchas ocasiones también los excesos, el vandalismo y los enfrentamientos.
Quienes no sienten interés por el fútbol también terminan siendo parte involuntaria del fenómeno. No porque deseen participar, sino porque la vida cotidiana simplemente deja de funcionar con normalidad.
¿Cómo se explica este fenómeno?
Desde la sociología, el deporte constituye uno de los mayores generadores de identidad colectiva. Durante noventa minutos desaparecen —al menos simbólicamente— las diferencias políticas, económicas, religiosas y sociales. Todos comparten un mismo objetivo y una misma emoción.
El fútbol ofrece algo muy difícil de encontrar en épocas de incertidumbre: una sensación de pertenencia.
En sociedades atravesadas por crisis económicas profundas, inflación, pérdida del poder adquisitivo e incertidumbre sobre el futuro, esta necesidad de pertenecer adquiere una intensidad mucho mayor. El triunfo deportivo ofrece una satisfacción inmediata, una recompensa emocional que la realidad cotidiana no proporciona.
Por algunas horas, los problemas desaparecen.
No porque se hayan resuelto.
Simplemente dejan de ocupar el centro de la atención.
El viejo principio del «pan y circo»
Hace casi dos mil años, el poeta romano Juvenal describía cómo el Imperio mantenía conforme a la población mediante dos elementos fundamentales: alimento y espectáculos.
La famosa expresión panem et circenses («pan y circo») no pretendía afirmar que el entretenimiento fuera negativo en sí mismo, sino advertir cómo podía utilizarse para distraer a la población de asuntos políticos o sociales de mayor trascendencia.
La historia demuestra que numerosos gobiernos, de muy diferentes ideologías, comprendieron el enorme poder movilizador de los grandes acontecimientos deportivos. Un campeonato mundial, unos Juegos Olímpicos o cualquier evento masivo generan emociones intensas que, consciente o inconscientemente, desplazan durante algunos días el interés por otros temas.
Esto no significa necesariamente que exista una conspiración organizada detrás de cada transmisión deportiva. Muchas veces el propio mercado, los medios de comunicación y la audiencia alimentan este círculo: se habla de fútbol porque genera audiencia, y genera audiencia porque se habla de fútbol.
Sin embargo, el efecto práctico puede ser el mismo: cuestiones de enorme importancia pública pasan casi inadvertidas.
Una contradicción difícil de ignorar
Existe además, una paradoja que merece ser analizada.
Argentina atraviesa desde hace años una de las crisis económicas más prolongadas de su historia reciente. Millones de personas manifiestan dificultades para llegar a fin de mes, pagar alquileres o afrontar gastos básicos.
Sin embargo, durante un Mundial aparecen miles de argentinos viajando al exterior, pagando entradas de valores extraordinarios, hoteles, vuelos y consumos que representan cifras inalcanzables para la mayoría.
Naturalmente, quienes realizan esos viajes pertenecen a un sector minoritario de la población o han realizado enormes esfuerzos personales para concretarlos. No representan al conjunto de los argentinos.
Pero la cobertura mediática permanente puede generar la falsa impresión de que todo el país vive esa misma realidad económica.
Mientras tanto, la mayoría observa el espectáculo desde su casa, muchas veces atravesando dificultades económicas que desaparecen temporalmente de la conversación pública.
¿Es malo el fútbol?
La respuesta es claramente no.
El deporte constituye una de las expresiones culturales más importantes de cualquier sociedad. Une generaciones, genera identidad nacional, promueve hábitos saludables y produce momentos de alegría compartida difíciles de encontrar en otros ámbitos.
El problema aparece cuando el entretenimiento desplaza completamente al resto de la realidad.
Cuando durante semanas, los principales espacios informativos dedican la casi totalidad de su programación a discutir quién jugará de lateral izquierdo, mientras pasan inadvertidas decisiones económicas, sanitarias, judiciales o institucionales que afectarán la vida de millones de personas, cabe preguntarse si los medios están cumpliendo adecuadamente su función social.
Recuperar el equilibrio
Quizá la cuestión no sea elegir entre el fútbol y la información. El desafío consiste en encontrar un equilibrio razonable.
Es perfectamente compatible disfrutar de un Mundial, emocionarse con un triunfo de la selección y celebrar un campeonato sin renunciar al pensamiento crítico ni dejar de interesarse por aquello que ocurre fuera de una cancha.
Las grandes sociedades no se construyen únicamente con emociones compartidas. También necesitan ciudadanos informados, capaces de celebrar un gol sin dejar de mirar la realidad que continúa desarrollándose una vez terminado el partido.
